La crianza: Retos, desafíos y oportunidades
Desde hace mucho tiempo grandes pensadores han tenido la interrogante sobre cómo aprende el ser humano; por ello, la importancia del estudio del desarrollo infantil. Filósofos como el británico John Locke consideraban que la mente humana al nacer es "papel vacío blanco de todos los personajes, sin ninguna idea". Para Jean-Jacques Rousseau, el ser humano al nacer, es naturalmente bueno.
Antes que se iniciaran los primeros estudios sobre la niñez, a los niños y niñas se les consideraba adultos pequeños; por ende, se les juzgaba con la misma capacidad de comprensión que la de una persona adulta. Hoy día, gracias a los primeros estudiosos en este tema, se separa la niñez de la adultez; se sabe que existen etapas según las edades de los infantes que determinarán el logro o dificultad en una determinada tarea, por ejemplo, un niño entre los tres y siete años de edad tiende a ser egocéntrico, aún no tiene sentido del tiempo y tomará lo que se le dice de forma literal, mientras que un niño entre los ocho y doce años ya podrá comprender con lógica, empezará a sentir simpatía por otras personas y entenderá la conexión entre causa y efecto. Tener esto en cuenta nos ayudará a orientarnos a la hora educarlos.
Los niños y niñas tienen necesidades que requieren ser satisfechas por parte de sus cuidadores y no podrán desarrollarse plenamente si permanecen en aislamiento social. La primera infancia es esencial para el aprendizaje del ser humano, el cual se da primeramente por medio de la observación.
Es muy importante el ejemplo que proyectemos como padre, madre o persona adulta responsable del menor.
En torno a la crianza, existe un tema de preocupación común: la pérdida de los valores en la educación. Yo podría responderle de una única manera ante ésta interrogante:
“¿Cómo puedo inculcar valores a mis hijos e hijas?”
“Muy Fácil. Practicándolos. El ejemplo es la mejor forma de enseñar.”
A los niños y niñas hay que hacerlos partícipes en la crianza, no verles como un artefacto que recibe información y órdenes, sino como un ser humano que puede aprender y reflexionar según su edad mental y cronológica le permita. ¿Cuántas veces nosotros mismos siendo adultos después de tanta cháchara, no nos hemos aburrido y desconectado de la conversación presente? ¿Por qué esperar menos de los niños y niñas? Por esta razón es importante involucrar a nuestros hijos e hijas. No sólo les haremos sentir importantes, atraeremos más su atención.
En una ocasión, estaba ofreciéndole una actividad recreativa a las familias beneficiarias donde laboraba, bajo un bello bohío que le llamó la atención a una de las niñas allí presente, le extrañó la diferencia de aquella “casa” (el bohío) con la suya, por lo que su madre muy atinadamente le contesta (parafrasearé lo dicho en aquel momento):
“Cada casa es diferente, así como cada persona es distinta, no hay otra niña igual que tú ¿o sí?”
La niña mira a su alrededor, observando si había otra niña igual a ella, vuelve mira a su mamá y le responde – “NO”
“Tú eres única,” - le indicó la madre- “como cada lugar es diferente.”
Esta simple escena, pero apropiada para la niña, es una buena lección, no por el aspecto verbal en sí, sino porque la hizo partícipe al hacerla observar, analizar y concluir por su propia cuenta. Le enseña a comprender que todos somos diferentes e igualmente respetables, además le inculca a pensar de forma independiente. Aquí le enseñó muy sutilmente el valor de la tolerancia.
En mi experiencia profesional, tanto en el área educativa como la penal, pude observar que algunas dificultades al corregir la conducta de un menor de edad se deben a la característica innata de los niños y niñas de aprender por medio de la observación, y la incongruencia del adulto entre lo que dice y hace. Los niños tienen un instinto de imitación, por ende, aprenden por lo que ven, sin otorgar un valor a la conducta observada (si el acto es correcto o no).
En ocasiones, algunos padres y madres les hacen llamados de atención al niño o niña por no respetar a alguno de sus hermanos, pero los niños han visto cómo entre los adultos se faltan el respeto en casa. Algunos adultos desean evitar que los niños les griten a otras personas, pero la forma en que tratan de evitar que su hijo(a) levante la voz es por medio de más gritos. El hecho que un niño o niña viva en un hogar violento (por ejemplo, “resuelven” los conflictos por medio de golpes) indicará que tiene altas probabilidades de que repita la misma conducta con sus compañeros de escuela o amistades del vecindario; en otros niños se da el caso que, en vez de ser agresores tienden a ser víctimas de otros niños. Por ello, la importancia de que, antes de intentar cambiar una conducta de la pequeña persona de nuestro lado, tenemos que explorarnos nosotros(as) mismos(as) y determinar si el cambio primeramente debe venir de nuestra parte, como persona adulta responsable.
¿Cómo exigir una conducta que nosotros como adultos no tenemos? ¿Cómo quejarnos del poco autocontrol emocional de un menor de edad cuando nosotros no manejamos nuestras emociones? A veces los niños y niñas no escucharán lo que les decimos, pero siempre observarán lo que hacemos. Hay un fragmento muy interesante del libro: “Carta a su Padre” de Franz Kafka, que dice:
"Pero así era tu manera de educar. Creo que tienes talento educativo; a una persona como tú le hubieses sido sin duda útil en su educación; hubiera reconocido lo sensato de tus observaciones, no se hubiera preocupado por nada y habría obrado tranquilamente. Pero para mí, un niño, toda palabra que me dirigías era como un precepto divino, nunca lo olvidaba, lo asimilaba como el medio más eficaz para juzgar el mundo, más que nada para Juzgarte a ti, y en eso fracasabas completamente.
Como por lo común me encontraba contigo durante la hora de las comidas, tu enseñanza en gran parte versaba sobre el correcto comportamiento en la mesa. Lo que se colocaba sobre la mesa debía comerse; no era permitido opinar sobre la calidad de la comida, pero tú, a menudo, la encontrabas incomible, la llamabas "la bazofia", la "bestia" (la cocinera) la había echado a perder. Como, debido a tu apetito excelente y tu peculiar preferencia, tragabas la comida con rapidez, caliente, y a grandes bocados, los niños debían apresurarse; un silencio sombrío reinaba en la mesa, sólo interrumpido por amonestaciones:
"primero come, después habla", o "pronto, pronto", o "mira, hace rato que yo terminé". Los huesos no podían morderse, pero tú sí podías; el vinagre no podía sorberse, pero tú sí podías. Lo principal era cortar el pan en forma correcta, pero no tenía importancia que tú lo hicieras con un cuchillo que chorreaba salsa. Había que cuidar que no cayesen migas al suelo, pero al terminar, donde más restos había era debajo de tu silla.
Sé que ser padre o madre es una odisea inesperada, pero será una de las mejores experiencias que tendrán en la vida al ver a esa persona crecer, al verla ilusionada, al ser su apoyo, al vernos desde los ojos de aquellos niños como si fuéramos lo mejor del mundo, quizá no sea cierto que lo seamos, porque somos humanos imperfectos, pero podremos siempre dar lo mejor por ellos(as). Eso ya te hace un héroe, una heroína.
"Hombres, sed humanos, que es vuestra obligación primera; sedlo con todos los estados, con todas las edades, con todo cuanto es propio del hombre. ¿Qué saber tendréis fuera de la humanidad? Amad la infancia; favoreced sus juegos; sus deleites, su amable instinto"
Jean-Jacques Rousseau
Escrito por: Psic. Vivian T. Rivera M.

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